China afronta su mayor desaceleración estructural: del milagro económico a la nueva normalidad
El crecimiento del PIB chino caerá al 4,5% en 2026, el más bajo en tres décadas. La crisis inmobiliaria, el envejecimiento demográfico y las tensiones comerciales con Occidente marcan el fin de una era de expansión ininterrumpida.
Durante más de tres décadas, China fue el principal motor del crecimiento económico mundial, registrando tasas de expansión anual superiores al 10% durante buena parte de ese periodo y sacando de la pobreza a cientos de millones de personas en lo que numerosos economistas han descrito como el proceso de desarrollo económico más rápido y masivo de la historia moderna. Esa era ha llegado a su fin. China se enfrenta ahora a su expansión más lenta desde que existen estadísticas comparables, con un crecimiento del PIB proyectado en el 4,5% para 2026, una cifra que hace apenas una década habría sido considerada una crisis económica grave, pero que hoy representa, según numerosos analistas, un cambio estructural hacia un modelo de crecimiento más sostenible aunque considerablemente más moderado que el registrado en décadas anteriores.
Esta desaceleración no responde a un factor coyuntural aislado, sino a la convergencia de tres fuerzas estructurales de fondo que se han ido acumulando durante años y que ahora se manifiestan de forma simultánea: la crisis del sector inmobiliario, el acelerado envejecimiento de la población, y unas tensiones comerciales crecientes con las economías occidentales que restringen el acceso chino a determinados mercados y tecnologías clave.
La crisis inmobiliaria que sacudió los cimientos del modelo chino
El sector inmobiliario chino, que llegó a representar hasta el 25% del PIB del país en sus años de mayor expansión, se encuentra inmerso en un proceso de ajuste profundo desde el colapso de gigantes del sector como Evergrande y Country Garden, dos de las mayores promotoras inmobiliarias del país cuyos problemas de deuda desencadenaron una crisis de confianza que se ha extendido por todo el sector en los últimos años. La inversión en construcción residencial ha caído un 9,2% interanual, y millones de viviendas vendidas sobre plano permanecen sin terminar, dejando a un número considerable de familias chinas que ya habían pagado por sus futuras viviendas en una situación de incertidumbre prolongada.
El impacto de esta crisis inmobiliaria va mucho más allá del propio sector de la construcción. Dado que la vivienda ha concentrado tradicionalmente la inmensa mayoría del ahorro y la riqueza de las familias chinas —un patrón cultural e inversor muy distinto al de otras economías desarrolladas, donde la riqueza familiar suele estar más diversificada entre vivienda, pensiones y activos financieros—, el desplome del valor percibido de los inmuebles ha dañado de forma directa la confianza de los hogares y, con ella, su disposición a consumir, generando un efecto de contagio desde el sector inmobiliario hacia el consumo interno que ha resultado particularmente difícil de contrarrestar para las autoridades chinas.
El envejecimiento demográfico, un problema sin solución rápida
Más allá de la crisis inmobiliaria, China afronta una transición demográfica de una magnitud considerable. La población en edad de trabajar lleva cinco años consecutivos reduciéndose, con una caída del 0,3% en el último ejercicio, una tendencia que, a diferencia de una crisis financiera o inmobiliaria, no admite soluciones de política económica rápidas, ya que sus causas se remontan a decisiones demográficas y de política de natalidad tomadas décadas atrás, entre ellas la conocida política del hijo único mantenida durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX.
Según las proyecciones de Naciones Unidas, la población china podría llegar a reducirse a la mitad para finales de este siglo si se mantienen las tendencias actuales de natalidad, un escenario que generaría una presión fiscal enorme sobre los sistemas de pensiones y sanidad del país, al tener que sostener un número creciente de personas mayores con una base de trabajadores en edad activa cada vez más reducida, un desequilibrio demográfico que ya han experimentado, aunque con menor intensidad relativa, otras economías desarrolladas como Japón o varios países de Europa occidental, tal y como hemos analizado en otro artículo de esta web dedicado a la economía plateada y el envejecimiento de la población a nivel global.
Este envejecimiento demográfico también limita de forma directa el potencial de crecimiento económico a largo plazo del país, ya que una fuerza laboral menguante implica, en igualdad del resto de condiciones, una menor capacidad productiva total de la economía, obligando a China a depender cada vez más de las ganancias de productividad y de la innovación tecnológica para mantener tasas de crecimiento razonables, en lugar de poder apoyarse, como hacía en décadas anteriores, en el simple crecimiento del número de trabajadores disponibles.
Las tensiones comerciales con Occidente añaden otra capa de complejidad
El tercer factor estructural detrás de esta desaceleración es el escalamiento de las tensiones comerciales con las principales economías occidentales, que han restringido de forma creciente el acceso de China a determinados mercados de exportación y a tecnologías clave, particularmente en el ámbito de los semiconductores avanzados y otras industrias consideradas estratégicas por motivos de seguridad nacional. Esta nueva era de proteccionismo generalizado, que ya hemos analizado con detalle en otro artículo de esta web dedicado al aumento global de los aranceles, afecta de forma particularmente intensa a una economía como la china, cuyo modelo de crecimiento ha dependido históricamente, en gran medida, de las exportaciones hacia mercados desarrollados.
Esta presión comercial está obligando a China a acelerar su estrategia de reorientación hacia el consumo interno y hacia mercados alternativos en el sudeste asiático, África y América Latina, una transición que resulta considerablemente más lenta y compleja de lo que sugieren los discursos oficiales del gobierno chino, ya que requiere construir desde cero relaciones comerciales, cadenas de suministro y bases de consumidores que llevó décadas desarrollar con los mercados occidentales tradicionales.
Un endeudamiento total que alcanza niveles históricos
Uno de los indicadores que más preocupa a los analistas que siguen de cerca la economía china es el nivel de endeudamiento total del país, que ha alcanzado un máximo histórico del 295% del PIB, sumando la deuda de los hogares, las empresas y el sector público. Este nivel de apalancamiento, considerablemente superior al de la mayoría de economías emergentes comparables, limita de forma significativa el margen de maniobra del gobierno chino para utilizar el estímulo fiscal y monetario como herramienta de reactivación económica, ya que un nuevo incremento sustancial de la deuda podría generar riesgos de estabilidad financiera adicionales en un momento en que el sector inmobiliario, uno de los principales receptores históricos de ese crédito, ya se encuentra en pleno proceso de ajuste.
Esta combinación de alto endeudamiento y sector inmobiliario en crisis genera un dilema de política económica particularmente complejo para las autoridades chinas: estimular la economía mediante más crédito podría reactivar temporalmente el crecimiento, pero a costa de acumular riesgos financieros adicionales que podrían manifestarse con mayor virulencia en el futuro, mientras que una consolidación fiscal más agresiva reduciría esos riesgos a largo plazo, pero a costa de un crecimiento económico todavía más débil en el corto y medio plazo.
Las consecuencias para la economía global
La desaceleración china tiene implicaciones que trascienden ampliamente sus propias fronteras, dado el papel central que el país ha jugado en la economía mundial durante las últimas décadas. Un crecimiento chino más lento se traduce, en primer lugar, en una menor demanda de materias primas, con un impacto directo sobre economías exportadoras de recursos naturales como Brasil, Australia y Chile, países cuyo crecimiento económico ha estado estrechamente vinculado a las compras chinas de mineral de hierro, cobre, soja y otros productos básicos durante el periodo de mayor expansión industrial del gigante asiático.
En segundo lugar, una China que crece más despacio implica también una menor expansión del comercio internacional en su conjunto, dado el peso que el país tiene como fabricante y exportador global de bienes manufacturados. Y en tercer lugar, se está observando ya una reasignación gradual de capital de inversión internacional hacia otras economías emergentes con mejores perspectivas demográficas y de crecimiento relativo, particularmente India y varios países del sudeste asiático, que están beneficiándose de la búsqueda de alternativas por parte de inversores institucionales que durante años concentraron una parte sustancial de su exposición a mercados emergentes precisamente en activos chinos.
Qué puede esperar el resto del mundo de la nueva normalidad china
La transición de China hacia lo que numerosos economistas ya denominan su «nueva normalidad» de crecimiento moderado no implica necesariamente una crisis económica descontrolada, pero sí representa un cambio estructural profundo respecto al papel que el país ha jugado en la economía mundial durante las últimas tres décadas. Las empresas y los inversores con exposición significativa a China —ya sea a través de cadenas de suministro, de mercados de exportación, o de inversión directa en activos chinos— deberán adaptar sus expectativas a un escenario de crecimiento considerablemente más moderado y, previsiblemente, más volátil que el que caracterizó a la economía china durante su periodo de expansión más acelerada.
Las lecciones del precedente japonés
Numerosos analistas económicos han trazado un paralelismo directo entre la situación actual de China y la que atravesó Japón a partir de finales de la década de 1980, cuando el estallido de su propia burbuja inmobiliaria y bursátil dio paso a lo que se conoció popularmente como las «décadas perdidas», un periodo prolongado de crecimiento económico extremadamente débil, deflación persistente y envejecimiento demográfico acelerado del que la economía japonesa tardó décadas en recuperarse plenamente. Existen similitudes evidentes entre ambos casos: un sector inmobiliario sobrevalorado que colapsa tras años de expansión crediticia, una población que envejece con rapidez, y un modelo de crecimiento históricamente dependiente de las exportaciones que pierde parte de su dinamismo.
Sin embargo, la mayoría de economistas también señala diferencias relevantes entre ambos casos que podrían moderar el riesgo de que China repita exactamente la experiencia japonesa. China cuenta todavía con un nivel de renta per cápita considerablemente inferior al de Japón en el momento de su propia crisis, lo que en teoría deja un margen de crecimiento potencial todavía disponible a través de la simple convergencia hacia los niveles de productividad de las economías más desarrolladas, un margen del que Japón ya no disponía en un grado comparable cuando estalló su propia burbuja, al encontrarse ya entre las economías más avanzadas del mundo en aquel momento.
La respuesta de política económica del gobierno chino
Ante esta combinación de desafíos estructurales, el gobierno chino ha ido desplegando de forma gradual diversas medidas de estímulo, incluyendo rebajas de tipos de interés, apoyo financiero directo a promotoras inmobiliarias en dificultades, e incentivos al consumo interno destinados a compensar la debilidad tanto del sector inmobiliario como de la demanda externa. No obstante, muchos analistas consideran que estas medidas han resultado hasta ahora insuficientes para revertir de forma sostenida la tendencia de fondo, en parte precisamente por el elevado nivel de endeudamiento total de la economía, que limita el margen disponible para un estímulo fiscal y monetario de la magnitud que sería necesaria para compensar plenamente los tres factores estructurales que enfrenta el país de forma simultánea.
La cuestión de fondo que dividirá previsiblemente a los analistas durante los próximos años es si China logrará gestionar esta transición hacia un modelo de crecimiento más moderado de forma ordenada y gradual, similar a como lo hicieron otras economías asiáticas desarrolladas en etapas anteriores de su propio desarrollo, o si, por el contrario, la combinación simultánea de los tres factores estructurales descritos —inmobiliario, demografía y comercio internacional— resultará demasiado exigente para gestionar sin una crisis financiera de mayor intensidad en algún momento del proceso.
Preguntas frecuentes
¿Por qué se está desacelerando la economía china?
La combinación de la crisis del sector inmobiliario, el envejecimiento acelerado de la población y las crecientes tensiones comerciales con Occidente ha reducido el crecimiento del PIB chino al 4,5% en 2026, el más bajo en tres décadas.
¿Cómo afecta la crisis inmobiliaria china al resto de la economía del país?
Al concentrar la vivienda buena parte del ahorro familiar chino, la caída del valor percibido de los inmuebles ha dañado la confianza de los hogares y reducido su disposición a consumir, generando un efecto de contagio hacia el resto de la economía.
¿Qué impacto tiene la desaceleración china sobre otros países?
Reduce la demanda de materias primas de países exportadores como Brasil, Australia y Chile, ralentiza el comercio internacional, y está impulsando una reasignación de capital de inversión hacia India y el sudeste asiático.
¿Debería preocuparme la desaceleración china si invierto en fondos globales?
Depende del peso de activos chinos o de empresas con exposición a China en tu cartera. Este artículo tiene una finalidad informativa y periodística, y no constituye asesoramiento de inversión personalizado.